Siguiendo el camino, de aventura y esa mezcla de dolor, manejándonos como aventureros dentro de Praga, la ciudad dorada, que se encuentra dentro de un territorio mayor conocido como la República Checa.
Sin alejarnos de la historia, nos volcamos de lleno en nuestro personaje, Kafka, y continuamos su camino.
El paisaje nos deslumbra, la sensación de exaltación nos envuelve el cuerpo. Dudamos y retornamos el sendero, cruzando el Puente Checo, sobre las muelles civiles de Natación, un lugar visitado por el escrito, y continuando ingresamos en los Jardines de Belvedere hoy conocidos como Letenske sady, donde Kafka se introducía en un busca de su soledad más plena, para poder realizar su introspectiva interior, algo que fascinaba al escritor.
Subiendo por una escalinata, alzando la mirada, ingresamos al mirador. La visual nos empapa las pupilas, proyectando la totalidad del paisaje, Moldava, la ciudad vieja y el barrio judío, se dejan ver en su totalidad.
Volvemos a descender y nos envolvemos en los jardines tan inspiradores, para nuestro personaje, que cobijan y le dan vida al edificio mítico el Pabellón Hanau, donado por un príncipe alemán, a principios de siglo. En la actualidad nos encontraremos con una cafetería, que nos permitirá ofrecernos una panorámica única, una parada para no desperdiciar.
Nos alejamos del Belvedere, y nos acercamos al parque de Chotek, un lugar predilecto para Kafka, que el mismo lo definió como el lugar más bello de Praga, donde acompañado por su diario intimo, acariciado por la brisa, buscaba un escondite, para liberar su autodestrucción intelectual.
Algunas de sus anotaciones contemplaban, “Pájaros que cantaban, el castillo con la galería, los añosos árboles con las colgaduras del follaje del año anterior, la penumbra”.
Las miradas se dispersan en el parque Chotek , el cual se calma, y se diferencia del resto turístico agotador, y cambiante de la ciudad de Praga.
